viernes, 6 de marzo de 2015

LA UNIÓN NACIONAL SINARQUISTA DE MÉXICO La política de Roosevelt del ‘buen vecino’



En su primer discurso de toma de posesión, el presidente Franklin D. Roosevelt dijo: 

“En la esfera de la política mundial, yo dedicaré esta nación a la política del buen vecino; el vecino que de modo resuelto se respeta a sí mismo y, al hacerlo, a los derechos de los otros; el vecino que respeta sus obligaciones y respeta la santidad de sus acuerdos en y con un mundo de vecinos”.
 
El Día del Panamericanismo, el 12 de abril de 1933, Roosevelt aplicó esta política a las naciones del Hemisferio Occidental, afirmando: “Nunca antes el significado de las palabras ‘buen vecino’ ha sido tan patente en las relaciones internacionales”.
Con esta política, Roosevelt regresó a la intención original de la Doctrina Monroe, tal como la formuló el secretario de Estado de los EU, John Quincy Adams, quien instó a crear una comunidad de principio entre los Estados nacionales soberanos de América basada en el compromiso de fomentar el bienestar general de la población de cada nación. Esta política fue reflejo de la del Tratado de Westfalia, que acabó con la guerra de los Treinta Años en Europa en 1648. Este tratado estipulaba que la base de una paz duradera estribaba en que cada nación actuara en      “ventaja del prójimo”.

La política del buen vecino de Roosevelt fue, así, un rechazo a la interpretación imperialista de la Doctrina Monroe por parte del presidente Theodore Roosevelt. Franklin Roosevelt rechazó la acción unilateral y la intervención en los asuntos de los Estados nacionales soberanos del Hemisferio Occidental. En cambio, puso un acento en la seguridad mutua contra los agresores y el fomento del desarrollo económico para elevar los niveles de vida.


El presidente estadounidese Franklin D. Roosevelt (izq.) y el presidente mexicano Lázaro Cárdenas (der.), quien le dio la bienvenida a la política del buen vecino de Roosevelt. El acuerdo de buena vecindad entre México y los EU fue firmado en 1941, luego de que Cárdenas dejara la Presidencia.


En el caso de México, Roosevelt no intervino para dar marcha atrás a la expropiación de 1938 de las empresas petroleras extranjeras, realizada por el Gobierno del presidente Lázaro Cárdenas. Por el contrario, en 1941 los EU firmaron un acuerdo de buena vecindad con México, reconociendo el derecho soberano de México a tener el control de su petróleo. Dicho acuerdo también incluyó la extensión de un crédito del Banco de Importaciones y Exportaciones de los EU a México, para el desarrollo de infraestructura.
La intención de Roosevelt era hacer de esta política, que al principio aplicó en el Hemisferio Occidental, la base de la política exterior estadounidense en todo el orbe luego de la Segunda Guerra Mundial. En septiembre de 1943 le dijo al Congreso de los EU: “La política del buen vecino ha tenido tal éxito en el hemisferio de las Américas, que su extensión al mundo entero parece ser el siguiente paso lógico”.



 http://www.schillerinstitute.org/newspanish/InstitutoSchiller/Literatura/Sinarquismo/fdr_vecino.html
 http://larouchepub.com/spanish/other_articles/2005/sinarquia/union_sinarquista2.htm


Andrea Suárez

Politica de Buena Vencida Estados Unidos-Latinoámerica

http://gumilla.org/biblioteca/bases/biblo/texto/SIC1982449_420-421.pdf
-Andrea Suárez

jueves, 5 de marzo de 2015

Estados Unidos y América Latina: la época de la buena vecindad

Estados Unidos y América Latina: la época de la buena vecindad



Alfredo Toro Hardy
La historia de la relación entre Estados Unidos y América Latina ha atravesado por siete etapas: la definición de la esfera de influencia (promulgación de la Doctrina Monroe en 1822); el Destino Manifiesto (guerra de 1848 contra México para anexar parte de su territorio); la era imperial (entre 1898 y 1933); la política de Buena Vecindad (entre 1933 y 1947); la era bipolar (entre 1947 y el colapso soviético); el Consenso de Washington (fase de hegemonía económica entre el momento anterior y el triunfo de Bush); el imperialismo democrático (fase actual). De los siete capítulos anteriores, la era de la Buena Vecindad sobresale como el único en el cual Estados Unidos estuvo dispuesto a mirar con respeto a América Latina.

Los períodos que antecedieron y precedieron inmediatamente al de la Buena Vecindad, fueron los más difíciles para la región. De allí lo significativo del paréntesis representado por este capítulo. El mismo se inicia con la llegada a la presidencia de Franklin Delano Roosevelt en 1933 y habrá de sobrevivir un par de años a su muerte, marcando la etapa inicial de Harry Truman. La aparición de la Guerra Fría representará su fin. Durante su subsistencia Estados Unidos tomará medidas como las siguientes: retira las tropas de ocupación que mantenía en diversos países de la Cuenca del Caribe (con la manifiesta excepción de Puerto Rico, anexado desde 1898); deroga una serie de tratados con países de la Cuenca del Caribe que le brindaban privilegios desmesurados; abroga la Enmienda Platt a la Constitución cubana, que le otorgaba el derecho de intervenir a voluntad en ese país; promulga la doctrina de no intervención absoluta en los asuntos internos de los estados de la región; como expresión de lo anterior no se opone al surgimiento de diversas democracias progresistas; se muestra dispuesto a aceptar un grado significativo de independencia económica regional, lo cual incluye la nacionalización de la industria petrolera mexicana; mantiene confrontaciones con corporaciones norteamericanas en virtud de abusos cometidos por estas en la región; promueve la concesión de créditos a países latinoamericanos.
¿Qué razones motivaron este comportamiento tan fuera de contexto con la historia previa y posterior? Importantes consideraciones políticas y económicas hacían aconsejable un cambio de orientación. Lo interesante es que ante los retos planteados, Roosevelt optase por la apertura y no por un mayor cierre de compuertas. Esto, en sí mismo, resulta evidencia de sus convicciones y de su talento político. Entre los factores circundantes se encontraban los siguientes: la necesidad de concentrar esfuerzos en la superación de la gran depresión económica que vivía Estados Unidos; la traumática experiencia derivada de la lucha contra Sandino, en Nicaragua, la cual anticipó el mismo tipo de frustración que varias décadas después habría de representarles Vietnam; la constatación del fuerte movimiento nacionalista latinoamericano y la toma de conciencia con respecto a la alienación de voluntades regionales que implicaban las posturas agresivas. Sin embargo, más allá de los elementos endógenos hubo también importantes factores exógenos. En primer lugar el hecho de que Roosevelt se encontrase empeñado en la disolución del imperio británico, lo cual obligaba a predicar con el ejemplo. En segundo lugar la necesidad de afianzar lealtades regionales para evitar la penetración de los fascismos europeos.
Es una lástima que la buena vecindad haya representado la excepción y no la regla. Que distinta hubiese sido la historia de América Latina si las cosas hubiesen sido al revés.


http://www.offnews.info/verArticulo.php?contenidoID=4874

MAHOLY RENGIFO

domingo, 1 de marzo de 2015

Grupo estergico N°1 Politica de la buena vencidad

DE LA LEY DEL GARROTE A LA BUENA VECINDAD
CAMBIOS Y PERSISTENCIAS EN LOS MODOS DE INTERVENCION
IMPERIALISTA DE LOS ESTADOS UNIDOS EN LATINOAMERICA EN
EL PERIODO DE ENTREGUERRAS.
“HE´S A SON OF A BITCH... BUT HE’S OUR SON OF A BITCH"
F. D. Roosevelt
Por Fernando Cesaretti y Florencia Pagni
Los años 20: transiciones, cambios y persistencias.
“-Los pueblos son sagrados para los pueblos”, le expresa en 1928 con su
krausista y arcaico estilo, el presidente argentino Hipólito Yrigoyen a su colega,
al presidente electo de los Estados Unidos, Herbert Hoover, que ha llegado a
Buenos Aires como último destino de una gira de buena voluntad emprendida
por varios países latinoamericanos. Hoover, un republicano que ha ganado una
reputación de humanista por su ayuda al pueblo belga en la Gran Guerra1, va a
asumir la presidencia de su país en Marzo de 1929. Su presencia por estos
andurriales del mundo marca una tendencia que se viene manifestando a lo
largo del último decenio en las administraciones también republicanas de
Harding y Coolidge2, esto es un modo de tratar con el continente que no pasa
ya por el mero rol del gendarme protector y represor, según el modelo de
Teddy Roosevelt que se continúa hasta W. Wilson. Ese modelo que se
manifiesta normado en el llamado "Corolario Roosevelt" o en la Enmienda Platt.
Que hizo por ejemplo, que "(Estados Unidos había) maquinado una revolución
contra Colombia y había creado el estado "independiente" de Panamá para
construir y controlar el Canal. En 1926 mandó cinco mil marines a Nicaragua
para parar una revolución y mantener tropas allí durante siete años. En 1916,
intervino en la República Dominica, por cuarta vez, y estacionó tropas allí
durante ocho años. En 1915, intervino por segunda vez en Haití, donde
mantuvo a sus tropas durante diecinueve años. Entre 1900 y 1933, Estados
Unidos intervino cuatro veces en Cuba, dos en Nicaragua, seis en Panamá,
una en Guatemala y siete en Honduras. En 1924 estaba dirigiendo de alguna
forma las finanzas de la mitad de los veinte estados latinoamericanos".3
Es cierto que para Washington, Latinoamérica no es uniforme ni sus intereses
se expresan ubicuamente del Río Grande al Cabo de Hornos. El área caribe y
centroamericana continúa siendo su indiscutido “mare nostrum”. En esta zona
la política yanqui se muestra lisa y llanamente arrogante y dominadora. Aparte
de las recurrentes ocupaciones ya enumeradas, hay una tangibilidad de la
presencia imperial en determinados enclaves territoriales. Así en Cuba,
Guantánamo4 es un recordatorio permanente de la tutela de Washington sobre
La Habana, y que su formal soberanía se debe a "(que) Inglaterra no puede
permitir que Cuba quede en manos de Estados Unidos, y por eso Cuba no será
una segunda Puerto Rico, sino que retaceada, accederá a la independencia,
una independencia tutelada por la Enmienda Platt, pero que muestra no la
relación de fuerzas en el nivel de Cuba, sino en el nivel internacional".5
El área alrededor del canal bioceánico es otro enclave colonial. La República
de Panamá es en sí un invento estadounidense.6 Antigua provincia colombiana
segregada al solo efecto de los intereses de la compañía del canal, la
construcción de este conllevó la inmigración de negros de las Antillas
Británicas, que en apariencia eran inmunes a los gérmenes mortales que
infestaban la insalubre ruta interoceánica. Esa mano de obra fue manejada por
capataces que en la mayoría de los casos procedía del Profundo Sur,
supuestamente con experiencia para manejar negros Se creó entonces una
clara discriminación racial, que se manifestó en el sistema de Jim Crow7 y en
la omnipresente línea Gold-Silver, división originada en el hecho de que los
técnicos y capataces blancos recibían su salario en dólares convertibles al
patrón oro (gold), mientras que los trabajadores natives eran pagados en
moneda de plata (silver). La división "oro y plata" abarcaba todo lo imaginable:
escuelas, hospitales, hoteles, prostíbulos, etc.
Al compartir fronteras terrestres con Estados Unidos, México hace a su
hinterland inmediato y problemático Hasta tal punto estaba identificado el
régimen de Porfirio Díaz (autor de la cínica frase:”…pobre México, tan lejos de
Dios y tan cerca de los Estados Unidos”) con los capitales estadounidenses,
que todos los gobiernos que se sucedieron en los turbulentos años posteriores
a su caída, tuvieron en mayor o menor medida, una impronta discursiva
antiyanqui. Ese sentimiento trascendió la retórica y se exteriorizó en hechos,
que llegaron a su culminación en 1915/16, en que una guerra formal estuvo a
punto de declararse entre los dos países. Su inmediato "patio trasero" adquiere
entonces para Washington, una importancia geopolítica excepcional. La
revolución pone en peligro los intereses económicos estadounidenses en
México, y la defensa de los mismos implicará la intervención, ora solapada, ora
directa. México, por su propio peso específico, se torna en un caso muy
particular, que incluso jugará un papel en el proceso que desemboca en el
ingreso de Estados Unidos en la Gran Guerra.8 Pero en zonas más alejadas la
4
influencia yanqui no es exclusiva, y en algunas áreas como el Cono Sur,
francamente minoritaria frente a la presencia británica.
Pero aún así, los países de esta zona (Argentina, Uruguay, Chile), durante las
décadas de 1910 y 1920 ven un avance cualitativo y cuantitativo espectacular
de la presencia estadounidense, desde lo macro hasta lo cotidiano. Palmolive,
Ducilo, RCA Víctor, o las grandes marcas de automóviles se transforman en
parte del paisaje y la vida común de estas naciones. El Cono Sur recibe a lo
largo de los años veinte del Siglo una sustancial corriente de capitales yanquis.
Sus pueblos adoptan costumbres bajo la impronta de típicos productos de
masas estadounidenses, tales como la radio y el cine. El cine especialmente,
que vende de modo abrumador en la penumbra silenciosa de las salas de
exhibición, lo que no tardará en ser conocido como el “estilo de vida
americano”, con sus héroes9 y heroínas, sus modos y sus modas.
Paralelamente, las izquierdas latinoamericanas, denuncian el imperialismo
norteamericano. Figuras tales como Mariátegui o Haya de la Torre, se
convierten en referentes de esas corrientes intelectuales. Aunque la
“construcción de un enemigo común”, para una Latinoamérica que no sufre de
igual manera los manejos del Tío Sam, da lugar a distorsiones como las que
señaló con lucidez, Arturo Jauretche: “- Fui antiimperialista al estilo de la época
y le comía los hígados al águila norteamericana que andaba volando por el
Caribe. Los maestros de la juventud nos tenían buscando el plato volador en el
cielo, mientras el león británico comía a dos carrillos sobre la tierra nuestra...”10
Es en este marco de prosperidad general y de transición en las relaciones con
Latinoamérica, en el que Hoover accede a la Casa Blanca. El paradigma liberal
que representa, comienza a temblar el viernes 29 de Octubre de 1929, con la
caída de la bolsa neoyorquina. El mercado de valores, carcomido por los
créditos en forma de préstamos concedidos a los corredores, sucumbió bajo su
propio peso, exigiendo cuentas de los millones de pequeñas transacciones
llevadas a cabo por los viajantes de comercio, que vendieron todo lo vendible a
gente que carecía de dinero suficiente para pagar lo que compraba. Se desató
el pánico y el país no supo componérselas para frenarlo. La última crisis
económica de amplio porte se había producido en 1893; pero desde esa fecha,
los Estados Unidos habían experimentado un grado tal de industrialización que
era impensable un retorno general a los modos de vida agrícola.
El presidente no está preparado para enfrentar el vendaval que sobreviene.
Una de sus primeras medidas como presidente, fue la de persuadir al Comité
de la Reserva Federal para que restringiera los créditos, con la esperanza de
atenuar el golpe. Sin embargo, cuando este llegó, Hoover quedó prisionero de
su propia formación. “Tenía al patrón oro por algo sagrado, cuando a la sazón
más de dieciocho naciones, con Gran Bretaña a la cabeza, lo habían
abandonado”.11 En ese esquema mental la fe era un fin en sí mismo y la “falta
de confianza en los negocios” un pecado de extrema gravedad. No era una
conceptualización de carácter meramente moral. La primera reacción de
Hoover ante la recesión general que se produjo tras la caída del mercado de
valores fue tratarla como un fenómeno psicológico. Adoptó el término
depresión, porque parecía menos inquietante que los de pánico o crisis.
Periódica y recurrentemente desde 1929 a 1932, vaticinaba un rápido retorno
de la economía a los cauces de la normalidad. Un discurso que se había
transformado en hueco y trágico a la vez. En la campaña presidencial de 1928
había obtenido la victoria en cuarenta de los cuarenta y ocho estados de la
Unión. Cuatro años después, buscando su reelección “se calzó los botines, se
abotonó el cuello de celuloide y se dispuso a tomar contacto con el pueblo.
Tuvo suerte de regresar con vida”.12 Las multitudes que se reunían al paso del
tren del presidente, portaban carteles que decían:”Cuelguen a Hoover”, “Abajo
Hoover, asesino de veteranos” o “Miles de millones para los banqueros, balas
para los veteranos”. Obvias referencias a la represión que sufrieron los
veteranos de la Gran Guerra que en el verano de 1932 acudieron a Washington
en reclamo de que se les abonaran las bonificaciones que oportunamente les
había otorgado la Ley sobre Liquidación de Compensaciones. Estas demandas
de los ex soldados fueron contestadas a balazos. Los responsables del
operativo punitivo fueron dos generales de futuro renombre: MacArthur y
Eisenhower. Silbatinas, abucheos e insultos fueron el telón de fondo de su
periplo proselitista. Y preanunciaron el resultado de las elecciones.
Los años 30: nuevos modos de enmascarar el intervencionismo.
En agosto de 1932 un periodista preguntó al reconocido economista británico
John Maynard Keynes si conocía algún precedente similar a la depresión. “Si,
-contestó -, se llamó la Epoca del Oscurantismo, y duró cuatrocientos años”. El
estadounidense medio no podía asumir cabalmente el fenómeno. Muchos
culpaban a Hoover. Otros confundían la depresión con el hecho factual del
crack de la bolsa neoyorkina en 1929.13 Lo cierto era que a principio de los
treinta, había concluido la prosperidad de la Nueva Era.
En Marzo de 1933, Estados Unidos estaba virtualmente paralizado. En la
mañana del día 3, la radio llevó a toda la atribulada geografía social del país, el
discurso de toma de posesión del nuevo presidente: “Pediré al Congreso el
único instrumento que resta para hacer frente a la crisis: amplias facultades
para luchar contra la necesidad y poderes tan grandes como los que me serían
concedidos si fuéramos invadidos por un enemigo extranjero”. En opinión de
Walt Whitman, el nuevo presidente había hecho una entrada formidable. En
verdad la voz de Franklin Delano Roosevelt llegó a los talleres donde se
explotaba al obrero, a las ranchadas de vagabundos desempleados, a los
millones de parados que en ese gélido invierno temblaban ante las puertas de
las fábricas.
El género discursivo pareció corresponderse en medidas concretas. A partir del
9 de Marzo, se desarrolló el shock político conocido como Huracán de los Cien
Días en el marco de un programa de medidas económicas implementadas para
intentar reducir el desempleo y restablecer la prosperidad mediante una serie
de nuevos servicios, regulaciones y subsidios. Diseñado con la ayuda del
denominado Brain Trust (gabinete de expertos que asesoró al presidente
especialmente en materia económica), el conjunto de reformas, junto al modo
de llevarlas a cabo constituyó la piedra angular de la administración demócrata.
Fue el llamado Nuevo Trato, o popularizado el anglicismo: New Deal
Es indudable que todas estas medidas apuntaban a reestructurar y fortalecer el
frente interno, que al calor de la depresión se había tornado peligroso para el
capital. De allí el acento en restablecer el sistema financiero y combatir el
desempleo. El Estado ya no juega un rol prescindente sino que arbitra tratando
de encauzar y morigerar la potencialidad del conflicto social. “El Nuevo Trato
tomó un país quebrado, desesperanzado, y le dio nueva confianza en sí mismo
(...) Todas las soluciones fueron incompletas. Más, para el caso, todos los
grandes problemas son insolubles.”14
Uno de esos grandes problemas, a los que debía enfrentar el nuevo presidente
era el de las relaciones con el mundo. En esos días, en el cenit de su prestigio
Benito Mussolini había declarado:” -puedo resumir en dos palabras lo que es
Estados Unidos: ¡La prohibición y Lindbergh¡” En el interesado análisis
simplista del dictador italiano Norteamérica era un país de gángsteres y de
raptores. Cuando se le pregunto que opinaba de la política exterior
estadounidense, el Duce replicó: “- Norteamérica no tiene política (exterior)”. En
esta ocasión Mussolini se acercó dolorosamente a la verdad. En el primer
discurso oficial de Roosevelt, el día de la toma de posesión, no hizo mención
de los asuntos externos. Por lo demás, el presidente se abstuvo de abogar
oficialmente por el ingreso de los Estados Unidos en la Sociedad de las
Naciones. Prima en este creciente aislacionismo una doble razón: por un lado
debe encarar problemas internos, lo que hace que pasen a tener prioridad las
cuestiones de política nacional. Por el otro, trata de desligarse de los
compromisos militares en el nivel internacional. Pero ese aislacionismo se
articula en relación al mundo exterior. América Latina no es parte de ese
afuera. Por el contrario. Es una pertenencia interna de Washington, con un
barniz formal de soberanía, que se diluye en proporción directa a la mayor
cercanía de cada uno de los países a la metrópolis del Potomac.
El ramalazo de la crisis ha pegado fuerte en Latinoamérica. En 1930, siete
gobiernos de la región han sido derrocados por golpes militares.15 Washington
busca descomprimir y neutralizar potenciales conflictos. Hay entonces un
cambio de política que ya no pasa por la intervención directa. “Así en 1934
retira las tropas de Haití; también se deroga la Enmienda Platt, excepto en lo
relativo al mantenimiento de las bases (Guantánamo). En 1936 acepta revisar
el tratado con Panamá, acordando no intervenir en los asuntos de ese país.
Otro hecho sintomático se produce cuando Cárdenas en México nacionaliza el
petróleo. El gobierno de Estados Unidos no interviene militarmente. Se mueve
a nivel diplomático, actúan los grupos de presión, pero no hay intervención
militar.”16 Una característica que distingue a esos años es el reemplazo de la
acción directa llevada a cabo por los marines, por el sostenimiento del déspota
nativo funcional a los intereses yanquis. No es casual que a principios de los 30
acceden al poder, personajes tales como el nicaragüense Anastasio Somoza
que usurpa el gobierno de su país sobre el cadáver de Augusto Sandino,
asesinado por su orden y con la directa intervención de la Embajada
Estadounidense en Managua, o el “Benefactor” dominicano Rafael Trujillo. De
allí que este o aquel, o cualquier personaje de igual laya puede ser
referenciado como el destinatario de la frase que en inglés da cabeza a este
trabajo, y que aunque probablemente apócrifa, expresa la opinión de Roosevelt
sobre el particular.17
Esta política de maneras públicas pulcras y manejos oscuros, es analizada
correctamente hacia 1938 desde una visión de izquierda18, que -adjetivaciones
coyunturales aparte-, denuncia que “con objeto de obtener la puerta cerrada en
América Latina esto es, cerrada para los rivales y abierta sólo para los Estados
Unidos el democrático imperialismo yanqui ha sido apuntalado en los países
latinoamericanos por las más autocráticas dictaduras militares criollas, las que
han servido para sostener la estructura imperialista y garantizar una
ininterrumpida corriente de superutilidades al Coloso del Norte. El carácter real
del democrático capitalismo yanqui se revela mejor que nada por las dictaduras
tiránicas en los países latinoamericanos, con las que se hallan
indisolublemente ligadas su suerte y su política, y sin las cuales los días de su
predominio imperialista en el hemisferio occidental están contados. Los
déspotas sanguinarios bajo cuya oprimente dominación sufren los millones de
obreros y campesinos de América Latina, los Vargas y los Batista, no son, en
esencia, más que las herramientas políticas de los democráticos Estados
Unidos imperialistas. En países como Puerto Rico, el imperialismo yanqui, a
través de su gobernador Winship, directa y rudamente procesa y suprime el
movimiento nacionalista. La administración Roosevelt a pesar de todas sus
almibaradas pretensiones, no ha alterado realmente la tradición imperialista de
sus predecesores. Ha reiterado enfáticamente la maligna Doctrina Monroe; ha
confirmado sus demandas monopolísticas sobre América Latina en las
Conferencias de Buenos Aires19; ha santificado con su aprobación a los
execrables regímenes de Vargas y Batista; su exigencia de una mayor
escuadra para patrullar no sólo el Pacífico, sino también el Atlántico, es una
prueba de su determinación de esgrimir la fuerza armada de los Estados
Unidos en defensa de su poder imperialista en la parte sur del hemisferio”.
Bajo Roosevelt, la política del puño de hierro en América Latina se cubre con el
guante de terciopelo de las pretensiones demagógicas de amistad y
“democracia”. La política del “buen vecino” no es más que la tentativa de
unificar al continente americano como un sólido bloque bajo la hegemonía de
Washington, El aislacionismo propugnado por Roosevelt implica que a
Latinoamérica no puede entrar otro poder imperialista que el de los Estados
Unidos. Como corresponde a un patio trasero. Esta política se complementa
materialmente por medio de los tratados de comercio favorables que Estados
Unidos se empeña en celebrar con los países latinoamericanos en la
esperanza de desalojar sistemáticamente del mercado a sus rivales. El papel
decisivo que juega el comercio exterior en la vida económica de los Estados
Unidos impele a este último hacia esfuerzos aún más decididos para excluir a
todos los competidores del mercado latinoamericano, por medio de una
combinación de producción barata, diplomacia, artimañas y cuando es
necesario, de la fuerza.
Es entonces la fuerza la última opción a aplicar por el gobierno demócrata. Que
trata de evitar en lo medida de lo posible, aún enfrentándose “a los sectores
ultra que siguen siendo intervencionistas a todo trance.”20 Será este Nuevo
DE LA LEY DEL GARROTE A LA BUENA VECINDAD
CAMBIOS Y PERSISTENCIAS EN LOS MODOS DE INTERVENCION
IMPERIALISTA DE LOS ESTADOS UNIDOS EN LATINOAMERICA EN
EL PERIODO DE ENTREGUERRAS.
“HE´S A SON OF A BITCH... BUT HE’S OUR SON OF A BITCH"
F. D. Roosevelt
Por Fernando Cesaretti y Florencia Pagni
Los años 20: transiciones, cambios y persistencias.
“-Los pueblos son sagrados para los pueblos”, le expresa en 1928 con su
krausista y arcaico estilo, el presidente argentino Hipólito Yrigoyen a su colega,
al presidente electo de los Estados Unidos, Herbert Hoover, que ha llegado a
Buenos Aires como último destino de una gira de buena voluntad emprendida
por varios países latinoamericanos. Hoover, un republicano que ha ganado una
reputación de humanista por su ayuda al pueblo belga en la Gran Guerra1, va a
asumir la presidencia de su país en Marzo de 1929. Su presencia por estos
andurriales del mundo marca una tendencia que se viene manifestando a lo
largo del último decenio en las administraciones también republicanas de
Harding y Coolidge2, esto es un modo de tratar con el continente que no pasa
ya por el mero rol del gendarme protector y represor, según el modelo de
Teddy Roosevelt que se continúa hasta W. Wilson. Ese modelo que se
manifiesta normado en el llamado "Corolario Roosevelt" o en la Enmienda Platt.
Que hizo por ejemplo, que "(Estados Unidos había) maquinado una revolución
contra Colombia y había creado el estado "independiente" de Panamá para
construir y controlar el Canal. En 1926 mandó cinco mil marines a Nicaragua
para parar una revolución y mantener tropas allí durante siete años. En 1916,
intervino en la República Dominica, por cuarta vez, y estacionó tropas allí
durante ocho años. En 1915, intervino por segunda vez en Haití, donde
mantuvo a sus tropas durante diecinueve años. Entre 1900 y 1933, Estados
Unidos intervino cuatro veces en Cuba, dos en Nicaragua, seis en Panamá,
una en Guatemala y siete en Honduras. En 1924 estaba dirigiendo de alguna
forma las finanzas de la mitad de los veinte estados latinoamericanos".3
Es cierto que para Washington, Latinoamérica no es uniforme ni sus intereses
se expresan ubicuamente del Río Grande al Cabo de Hornos. El área caribe y
centroamericana continúa siendo su indiscutido “mare nostrum”. En esta zona
la política yanqui se muestra lisa y llanamente arrogante y dominadora. Aparte
de las recurrentes ocupaciones ya enumeradas, hay una tangibilidad de la
presencia imperial en determinados enclaves territoriales. Así en Cuba,
Guantánamo4 es un recordatorio permanente de la tutela de Washington sobre
La Habana, y que su formal soberanía se debe a "(que) Inglaterra no puede
permitir que Cuba quede en manos de Estados Unidos, y por eso Cuba no será
una segunda Puerto Rico, sino que retaceada, accederá a la independencia,
una independencia tutelada por la Enmienda Platt, pero que muestra no la
relación de fuerzas en el nivel de Cuba, sino en el nivel internacional".5
El área alrededor del canal bioceánico es otro enclave colonial. La República
de Panamá es en sí un invento estadounidense.6 Antigua provincia colombiana
segregada al solo efecto de los intereses de la compañía del canal, la
construcción de este conllevó la inmigración de negros de las Antillas
Británicas, que en apariencia eran inmunes a los gérmenes mortales que
infestaban la insalubre ruta interoceánica. Esa mano de obra fue manejada por
capataces que en la mayoría de los casos procedía del Profundo Sur,
supuestamente con experiencia para manejar negros Se creó entonces una
clara discriminación racial, que se manifestó en el sistema de Jim Crow7 y en
la omnipresente línea Gold-Silver, división originada en el hecho de que los
técnicos y capataces blancos recibían su salario en dólares convertibles al
patrón oro (gold), mientras que los trabajadores natives eran pagados en
moneda de plata (silver). La división "oro y plata" abarcaba todo lo imaginable:
escuelas, hospitales, hoteles, prostíbulos, etc.
Al compartir fronteras terrestres con Estados Unidos, México hace a su
hinterland inmediato y problemático Hasta tal punto estaba identificado el
régimen de Porfirio Díaz (autor de la cínica frase:”…pobre México, tan lejos de
Dios y tan cerca de los Estados Unidos”) con los capitales estadounidenses,
que todos los gobiernos que se sucedieron en los turbulentos años posteriores
a su caída, tuvieron en mayor o menor medida, una impronta discursiva
antiyanqui. Ese sentimiento trascendió la retórica y se exteriorizó en hechos,
que llegaron a su culminación en 1915/16, en que una guerra formal estuvo a
punto de declararse entre los dos países. Su inmediato "patio trasero" adquiere
entonces para Washington, una importancia geopolítica excepcional. La
revolución pone en peligro los intereses económicos estadounidenses en
México, y la defensa de los mismos implicará la intervención, ora solapada, ora
directa. México, por su propio peso específico, se torna en un caso muy
particular, que incluso jugará un papel en el proceso que desemboca en el
ingreso de Estados Unidos en la Gran Guerra.8 Pero en zonas más alejadas la
4
influencia yanqui no es exclusiva, y en algunas áreas como el Cono Sur,
francamente minoritaria frente a la presencia británica.
Pero aún así, los países de esta zona (Argentina, Uruguay, Chile), durante las
décadas de 1910 y 1920 ven un avance cualitativo y cuantitativo espectacular
de la presencia estadounidense, desde lo macro hasta lo cotidiano. Palmolive,
Ducilo, RCA Víctor, o las grandes marcas de automóviles se transforman en
parte del paisaje y la vida común de estas naciones. El Cono Sur recibe a lo
largo de los años veinte del Siglo una sustancial corriente de capitales yanquis.
Sus pueblos adoptan costumbres bajo la impronta de típicos productos de
masas estadounidenses, tales como la radio y el cine. El cine especialmente,
que vende de modo abrumador en la penumbra silenciosa de las salas de
exhibición, lo que no tardará en ser conocido como el “estilo de vida
americano”, con sus héroes9 y heroínas, sus modos y sus modas.
Paralelamente, las izquierdas latinoamericanas, denuncian el imperialismo
norteamericano. Figuras tales como Mariátegui o Haya de la Torre, se
convierten en referentes de esas corrientes intelectuales. Aunque la
“construcción de un enemigo común”, para una Latinoamérica que no sufre de
igual manera los manejos del Tío Sam, da lugar a distorsiones como las que
señaló con lucidez, Arturo Jauretche: “- Fui antiimperialista al estilo de la época
y le comía los hígados al águila norteamericana que andaba volando por el
Caribe. Los maestros de la juventud nos tenían buscando el plato volador en el
cielo, mientras el león británico comía a dos carrillos sobre la tierra nuestra...”10
Es en este marco de prosperidad general y de transición en las relaciones con
Latinoamérica, en el que Hoover accede a la Casa Blanca. El paradigma liberal
que representa, comienza a temblar el viernes 29 de Octubre de 1929, con la
caída de la bolsa neoyorquina. El mercado de valores, carcomido por los
créditos en forma de préstamos concedidos a los corredores, sucumbió bajo su
propio peso, exigiendo cuentas de los millones de pequeñas transacciones
llevadas a cabo por los viajantes de comercio, que vendieron todo lo vendible a
gente que carecía de dinero suficiente para pagar lo que compraba. Se desató
el pánico y el país no supo componérselas para frenarlo. La última crisis
económica de amplio porte se había producido en 1893; pero desde esa fecha,
los Estados Unidos habían experimentado un grado tal de industrialización que
era impensable un retorno general a los modos de vida agrícola.
El presidente no está preparado para enfrentar el vendaval que sobreviene.
Una de sus primeras medidas como presidente, fue la de persuadir al Comité
de la Reserva Federal para que restringiera los créditos, con la esperanza de
atenuar el golpe. Sin embargo, cuando este llegó, Hoover quedó prisionero de
su propia formación. “Tenía al patrón oro por algo sagrado, cuando a la sazón
más de dieciocho naciones, con Gran Bretaña a la cabeza, lo habían
abandonado”.11 En ese esquema mental la fe era un fin en sí mismo y la “falta
de confianza en los negocios” un pecado de extrema gravedad. No era una
conceptualización de carácter meramente moral. La primera reacción de
Hoover ante la recesión general que se produjo tras la caída del mercado de
valores fue tratarla como un fenómeno psicológico. Adoptó el término
depresión, porque parecía menos inquietante que los de pánico o crisis.
Periódica y recurrentemente desde 1929 a 1932, vaticinaba un rápido retorno
de la economía a los cauces de la normalidad. Un discurso que se había
transformado en hueco y trágico a la vez. En la campaña presidencial de 1928
había obtenido la victoria en cuarenta de los cuarenta y ocho estados de la
Unión. Cuatro años después, buscando su reelección “se calzó los botines, se
abotonó el cuello de celuloide y se dispuso a tomar contacto con el pueblo.
Tuvo suerte de regresar con vida”.12 Las multitudes que se reunían al paso del
tren del presidente, portaban carteles que decían:”Cuelguen a Hoover”, “Abajo
Hoover, asesino de veteranos” o “Miles de millones para los banqueros, balas
para los veteranos”. Obvias referencias a la represión que sufrieron los
veteranos de la Gran Guerra que en el verano de 1932 acudieron a Washington
en reclamo de que se les abonaran las bonificaciones que oportunamente les
había otorgado la Ley sobre Liquidación de Compensaciones. Estas demandas
de los ex soldados fueron contestadas a balazos. Los responsables del
operativo punitivo fueron dos generales de futuro renombre: MacArthur y
Eisenhower. Silbatinas, abucheos e insultos fueron el telón de fondo de su
periplo proselitista. Y preanunciaron el resultado de las elecciones.
Los años 30: nuevos modos de enmascarar el intervencionismo.
En agosto de 1932 un periodista preguntó al reconocido economista británico
John Maynard Keynes si conocía algún precedente similar a la depresión. “Si,
-contestó -, se llamó la Epoca del Oscurantismo, y duró cuatrocientos años”. El
estadounidense medio no podía asumir cabalmente el fenómeno. Muchos
culpaban a Hoover. Otros confundían la depresión con el hecho factual del
crack de la bolsa neoyorkina en 1929.13 Lo cierto era que a principio de los
treinta, había concluido la prosperidad de la Nueva Era.
En Marzo de 1933, Estados Unidos estaba virtualmente paralizado. En la
mañana del día 3, la radio llevó a toda la atribulada geografía social del país, el
discurso de toma de posesión del nuevo presidente: “Pediré al Congreso el
único instrumento que resta para hacer frente a la crisis: amplias facultades
para luchar contra la necesidad y poderes tan grandes como los que me serían
concedidos si fuéramos invadidos por un enemigo extranjero”. En opinión de
Walt Whitman, el nuevo presidente había hecho una entrada formidable. En
verdad la voz de Franklin Delano Roosevelt llegó a los talleres donde se
explotaba al obrero, a las ranchadas de vagabundos desempleados, a los
millones de parados que en ese gélido invierno temblaban ante las puertas de
las fábricas.
El género discursivo pareció corresponderse en medidas concretas. A partir del
9 de Marzo, se desarrolló el shock político conocido como Huracán de los Cien
Días en el marco de un programa de medidas económicas implementadas para
intentar reducir el desempleo y restablecer la prosperidad mediante una serie
de nuevos servicios, regulaciones y subsidios. Diseñado con la ayuda del
denominado Brain Trust (gabinete de expertos que asesoró al presidente
especialmente en materia económica), el conjunto de reformas, junto al modo
de llevarlas a cabo constituyó la piedra angular de la administración demócrata.
Fue el llamado Nuevo Trato, o popularizado el anglicismo: New Deal
Es indudable que todas estas medidas apuntaban a reestructurar y fortalecer el
frente interno, que al calor de la depresión se había tornado peligroso para el
capital. De allí el acento en restablecer el sistema financiero y combatir el
desempleo. El Estado ya no juega un rol prescindente sino que arbitra tratando
de encauzar y morigerar la potencialidad del conflicto social. “El Nuevo Trato
tomó un país quebrado, desesperanzado, y le dio nueva confianza en sí mismo
(...) Todas las soluciones fueron incompletas. Más, para el caso, todos los
grandes problemas son insolubles.”14
Uno de esos grandes problemas, a los que debía enfrentar el nuevo presidente
era el de las relaciones con el mundo. En esos días, en el cenit de su prestigio
Benito Mussolini había declarado:” -puedo resumir en dos palabras lo que es
Estados Unidos: ¡La prohibición y Lindbergh¡” En el interesado análisis
simplista del dictador italiano Norteamérica era un país de gángsteres y de
raptores. Cuando se le pregunto que opinaba de la política exterior
estadounidense, el Duce replicó: “- Norteamérica no tiene política (exterior)”. En
esta ocasión Mussolini se acercó dolorosamente a la verdad. En el primer
discurso oficial de Roosevelt, el día de la toma de posesión, no hizo mención
de los asuntos externos. Por lo demás, el presidente se abstuvo de abogar
oficialmente por el ingreso de los Estados Unidos en la Sociedad de las
Naciones. Prima en este creciente aislacionismo una doble razón: por un lado
debe encarar problemas internos, lo que hace que pasen a tener prioridad las
cuestiones de política nacional. Por el otro, trata de desligarse de los
compromisos militares en el nivel internacional. Pero ese aislacionismo se
articula en relación al mundo exterior. América Latina no es parte de ese
afuera. Por el contrario. Es una pertenencia interna de Washington, con un
barniz formal de soberanía, que se diluye en proporción directa a la mayor
cercanía de cada uno de los países a la metrópolis del Potomac.
El ramalazo de la crisis ha pegado fuerte en Latinoamérica. En 1930, siete
gobiernos de la región han sido derrocados por golpes militares.15 Washington
busca descomprimir y neutralizar potenciales conflictos. Hay entonces un
cambio de política que ya no pasa por la intervención directa. “Así en 1934
retira las tropas de Haití; también se deroga la Enmienda Platt, excepto en lo
relativo al mantenimiento de las bases (Guantánamo). En 1936 acepta revisar
el tratado con Panamá, acordando no intervenir en los asuntos de ese país.
Otro hecho sintomático se produce cuando Cárdenas en México nacionaliza el
petróleo. El gobierno de Estados Unidos no interviene militarmente. Se mueve
a nivel diplomático, actúan los grupos de presión, pero no hay intervención
militar.”16 Una característica que distingue a esos años es el reemplazo de la
acción directa llevada a cabo por los marines, por el sostenimiento del déspota
nativo funcional a los intereses yanquis. No es casual que a principios de los 30
acceden al poder, personajes tales como el nicaragüense Anastasio Somoza
que usurpa el gobierno de su país sobre el cadáver de Augusto Sandino,
asesinado por su orden y con la directa intervención de la Embajada
Estadounidense en Managua, o el “Benefactor” dominicano Rafael Trujillo. De
allí que este o aquel, o cualquier personaje de igual laya puede ser
referenciado como el destinatario de la frase que en inglés da cabeza a este
trabajo, y que aunque probablemente apócrifa, expresa la opinión de Roosevelt
sobre el particular.17
Esta política de maneras públicas pulcras y manejos oscuros, es analizada
correctamente hacia 1938 desde una visión de izquierda18, que -adjetivaciones
coyunturales aparte-, denuncia que “con objeto de obtener la puerta cerrada en
América Latina esto es, cerrada para los rivales y abierta sólo para los Estados
Unidos el democrático imperialismo yanqui ha sido apuntalado en los países
latinoamericanos por las más autocráticas dictaduras militares criollas, las que
han servido para sostener la estructura imperialista y garantizar una
ininterrumpida corriente de superutilidades al Coloso del Norte. El carácter real
del democrático capitalismo yanqui se revela mejor que nada por las dictaduras
tiránicas en los países latinoamericanos, con las que se hallan
indisolublemente ligadas su suerte y su política, y sin las cuales los días de su
predominio imperialista en el hemisferio occidental están contados. Los
déspotas sanguinarios bajo cuya oprimente dominación sufren los millones de
obreros y campesinos de América Latina, los Vargas y los Batista, no son, en
esencia, más que las herramientas políticas de los democráticos Estados
Unidos imperialistas. En países como Puerto Rico, el imperialismo yanqui, a
través de su gobernador Winship, directa y rudamente procesa y suprime el
movimiento nacionalista. La administración Roosevelt a pesar de todas sus
almibaradas pretensiones, no ha alterado realmente la tradición imperialista de
sus predecesores. Ha reiterado enfáticamente la maligna Doctrina Monroe; ha
confirmado sus demandas monopolísticas sobre América Latina en las
Conferencias de Buenos Aires19; ha santificado con su aprobación a los
execrables regímenes de Vargas y Batista; su exigencia de una mayor
escuadra para patrullar no sólo el Pacífico, sino también el Atlántico, es una
prueba de su determinación de esgrimir la fuerza armada de los Estados
Unidos en defensa de su poder imperialista en la parte sur del hemisferio”.
Bajo Roosevelt, la política del puño de hierro en América Latina se cubre con el
guante de terciopelo de las pretensiones demagógicas de amistad y
“democracia”. La política del “buen vecino” no es más que la tentativa de
unificar al continente americano como un sólido bloque bajo la hegemonía de
Washington, El aislacionismo propugnado por Roosevelt implica que a
Latinoamérica no puede entrar otro poder imperialista que el de los Estados
Unidos. Como corresponde a un patio trasero. Esta política se complementa
materialmente por medio de los tratados de comercio favorables que Estados
Unidos se empeña en celebrar con los países latinoamericanos en la
esperanza de desalojar sistemáticamente del mercado a sus rivales. El papel
decisivo que juega el comercio exterior en la vida económica de los Estados
Unidos impele a este último hacia esfuerzos aún más decididos para excluir a
todos los competidores del mercado latinoamericano, por medio de una
combinación de producción barata, diplomacia, artimañas y cuando es
necesario, de la fuerza.
Es entonces la fuerza la última opción a aplicar por el gobierno demócrata. Que
trata de evitar en lo medida de lo posible, aún enfrentándose “a los sectores
ultra que siguen siendo intervencionistas a todo trance.”20 Será este Nuevo
Trato, este enmascaramiento y sofisticación en las formas de penetración
imperial, el que hará posible la construcción de una imagen pública de Franklin
Delano Roosevelt en las antípodas de su homónimo Teddy. Así cuando lleguen
los cruciales años 40, el presidente yanqui podrá presentarse como el Adalid
de la Democracia, encabezando toda una cofradía de dictadores sumamente
funcionales a los intereses estadounidenses, y que no se ruborizarán en
sumarse a la causa de la libertad y convertirse de puertas afuera en
campeones de la misma. El caso de Rafael Leónidas Trujillo, declarando la
Guerra al Eje “casi antes” que el Congreso de Estados Unidos, o recibiendo
refugiados republicanos españoles en Santo Domingo para perseguirlos y
reprimirlos después, es paradigmático de esta situación de confusión entre
género discursivo dominante e intereses y acciones reales. Washington podía
estar complacido. Un hijo de #### local era más económico y seguro que un
batallón de marines. Por lo menos, hasta que la Guerra Fría y un grupo de
cubanos en la Sierra Maestra comiencen a cambiar la historia. Pero esa ya es
otra historia.

Fernando Cesaretti y Florencia Pagni
Escuela de Historia. Universidad Nacional de Rosario
grupo_efefe@yahoo.com.ar
 imperial, el que hará posible la construcción de una imagen pública de Franklin
Delano Roosevelt en las antípodas de su homónimo Teddy. Así cuando lleguen
los cruciales años 40, el presidente yanqui podrá presentarse como el Adalid
de la Democracia, encabezando toda una cofradía de dictadores sumamente
funcionales a los intereses estadounidenses, y que no se ruborizarán en
sumarse a la causa de la libertad y convertirse de puertas afuera en
campeones de la misma. El caso de Rafael Leónidas Trujillo, declarando la
Guerra al Eje “casi antes” que el Congreso de Estados Unidos, o recibiendo
refugiados republicanos españoles en Santo Domingo para perseguirlos y
reprimirlos después, es paradigmático de esta situación de confusión entre
género discursivo dominante e intereses y acciones reales. Washington podía
estar complacido. Un hijo de #### local era más económico y seguro que un
batallón de marines. Por lo menos, hasta que la Guerra Fría y un grupo de
cubanos en la Sierra Maestra comiencen a cambiar la historia. Pero esa ya es
otra historia.

Fernando Cesaretti y Florencia Pagni
Escuela de Historia. Universidad Nacional de Rosario
grupo_efefe@yahoo.com.
Maholy Rengifo